La mujer del zodíaco

Las puertas de cristal automáticas se abren a su paso. En la calle, el sol brilla más que nunca. Teresa acaba de nacer por segunda vez. El edificio nuevo del hospital queda tras su espalda. Los resultados y el alta médica están dentro de un sobre de papel marrón que aguanta con firmeza. Al subir al taxi, a Teresa le cuesta reprimir las lágrimas.

Teresa es la mujer de los horóscopos. Nunca ha creído en ellos, y quienes se guían por lo que ponen cuatro pringados en las revistas le parecen ridículos. Sin embargo, Teresa cree que todas las personas experimentan a lo largo de su vida momentos en los que se podrían identificar con un signo zodiacal. A veces somos como peces nadando contra la corriente, o dejándose llevar por la misma. O cabras tirando al monte. Podemos ser justos, o injustos. Bravos como un toro, o mansos como el agua relajada. En ocasiones nos toca compartir con otras personas, e incluso siendo maduros, pecamos de una inocencia virginal. Hay personas que deben ser del zodíaco chino, porque son ratas y cerdos. Lo que Teresa nunca imaginaba es que siendo un peligroso escorpión acabaría teniendo cáncer.

Cáncer es una palabra que, fuera del zodíaco, suena mal. Muy mal. Terriblemente feroz y destructiva. Mortal. Sin embargo, el cáncer también puede ser una experiencia vital. Una enfermedad más en nuestra ficha médica. Una cosa del pasado. Teresa ya puede mirar al cáncer por el espejo retrovisor. Lo ha dejado atrás después de haberlo mirado a la cara. Ella, que se pensaba tan valiente, estuvo llorando desconsolada cuando confirmaron que aquel bulto en su pecho era maligno. Se hartó de llorar antes de armarse de valor y contárselo a sus hijos, a su marido y a su amante. Entonces fueron ellos quienes lloraron. Teresa tuvo miedo de morir antes de lo que quería, pero desde ese mismo día aprendió una valiosa lección que no olvidará fácilmente: la vida es efímera. Se obligó a disfrutar de cada instante, pensando que podía ser el último. Exigió cariño por todas partes, por si se iba y lo echaba de menos en el camino. Por suerte, todos esos momentos podrán repetirse.

Teresa ha llegado hoy a la consulta con las piernas temblorosas. Iba sola, sin nadie que la acompañase porque nadie sabía que hoy tenía médico. Con cincuenta años, Teresa luce orgullosa su pañuelo en la cabeza. Tiene de infinitos colores para poder combinarlos con la ropa. Ya se encargó ella de comprárselos pocos días antes de la primera sesión de quimioterapia. Cuando se aburría de los fulares, se plantaba la peluca sin vergüenza alguna. No le importaba que sus vecinos la mirasen, sorprendidos, al verla lucir una melena de anuncio. Todos sabían que estaba enferma, que la quimio le había arrasado la cabeza y que el pelo era más artificial que los pómulos de las famosas. ¿Y a ella qué le importaba? Teresa ha hecho con su cabeza y con su vida lo que le ha dado la gana durante estos meses. Ha aprendido a valorar lo importante y a desprenderse de la vergüenza.

Al entrar en la consulta el médico no ha tardado en sonreír. Para bromas estoy yo ahora —ha pensado Teresa. Cuando ha conocido los resultados no ha podido parar de sonreír por todo lo que lloró hace unos meses. Teresa está limpia. Ni rastro de cáncer por su cuerpo. Le ha costado un pecho y el pelo, pero la vida vale más que eso. El médico se ha fundido en un abrazo con ella, y ella ha salido de la consulta con la cabeza al aire. Ni pañuelo, ni peluca. Ha sentido que volvía a nacer o, al menos, que renovaba el pasaporte para seguir viajando por la vida durante un tiempo más. El taxi la lleva de camino al centro comercial, se piensa comprar maquillaje del caro, lencería de la buena y una barra de carmín rojo de Chanel, de esas que tanto le gustan. Esta noche no tendrá sexo, ni con su marido ni con su amante porque todavía no tiene ganas, pero piensa tener sexo con ella misma. Se pondrá guapísima frente al espejo y disfrutará de su cuerpo. Gozará de saber que ha mirado al cáncer a la cara y, manteniendo la mirada, ha sido él el que la ha bajado. Teresa no cree que el cáncer sea una lucha, le parece inútil el belicismo con el que se trata la enfermedad en los medios de comunicación. Titulares del tipo tal famosa pierde su batalla contra el cáncer no hacen más que aumentar la presión que sienten quienes padecen la enfermedad. Porque eso es lo que es el cáncer: una enfermedad. Para Teresa, en caso de tratarse de una guerra, es la de los médicos contra la enfermedad. El paciente sólo es el campo de batalla. Enfermedad o guerra, para Teresa ha terminado. Hoy está contenta de saber que llevará los labios de rojo muchos años más.

Relato incluído en El carmín rojo.

Fotografía: © 2014 Koen Suidgeest | Costuras a flor de piel

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