Nemini parco

El respirador artificial insufla oxígeno a unos pulmones agotados. Los pitidos del electrocardiograma se distancian cada vez más entre sí. Una mano retira la máscara de oxígeno de la cara de José, quien abre los ojos sorprendidos al sentir que puede respirar de forma independiente, sin depender de ninguna máquina.

—¿Me he curado, enfermera?

José entiende pronto que no se trata de una enfermera. Tampoco es su médica, que tiene unos cuantos años menos que la mujer que está en pie junto a su camilla. Va cubierta por una túnica de seda negra, un velo que oculta su cabeza y unos guantes que disimulan la edad de sus manos. Engalanada por dos collares dorados que cuelgan del cuello, como los anillos que se posan sobre sus dedos y los dos relojes acoplados a su muñeca.

—No, José. He venido a por usted. Debemos marchar.

—¿Es usted…? —no alcanza a terminar la pregunta.

—Acompáñeme.

Antes de abrir la puerta de la habitación 507 del hospital, el hombre advierte a la anciana de que la bata con la que viste deja al descubierto sus posaderas. No se preocupe, no nos pueden ver, le tranquiliza ella. Caminan por los pasillos. A su paso, los fluorescentes que iluminan los corredores parpadean. Quienes se cruzan con ellos, sienten un escalofrío tranquilizador que va acompañado por un discreto perfume a incienso.

—Ahí está su familia. Vaya a despedirse.

—¿Me verán?, ¿pueden escucharme?

—Podrán sentir que está junto a ellas.

José camina hacia su mujer y su hija, que están postradas sobre los fríos asientos de la sala de espera. Conversa en un monólogo que solo él puede oír. Ellas se echan a llorar sin saber muy bien el motivo o, tal vez, siendo muy conscientes. Cuando la anciana levanta la mano, José se despide con un beso en los carrillos. Vuelven a caminar por el pasillo hacia la salida de emergencia. Él siente una profunda curiosidad por los dos relojes que la anciana mantiene enganchados a su muñeca.

—¿Por qué dos? —la pregunta provoca una cándida sonrisa en la mujer.

—Este marca la hora real, este otro una cuenta atrás, la suya.

—Está a punto de terminar.

—Exacto, debemos irnos ya.

La anciana rebusca en uno de los bolsillos de la túnica del que saca un silbato metálico. Lo lleva hacia sus labios, inspira aire y lo hace sonar. Un pitido atronador reverbera por toda la planta. Al abrir la salida de emergencia, ambos se sumergen en un haz de luz cegadora. En la habitación 507, el cuerpo de José yace sin vida. El electrocardiograma plano emite un pitido igual que el del silbato. El segundo reloj alcanza el final de la cuenta atrás. Nemini parco, puede leerse en el tatuaje que la anciana lleva grabado en sus dedos. La muerte no perdona a nadie.

Imagen: Michele Lamy. Steven Klein para Vogue Paris. 2014

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