Matar al mensajero

El asesinato de doce personas a manos de islamistas radicales en la sede del semanario galo Charlie Hebdo es el último ataque que ha recibido la libertad de expresión. Un golpe de efecto de aquellos que matan en nombre de su Dios a quienes, en este caso, incumplieron la prohibición de retratar al profeta Mahoma. Las 12 víctimas -8 periodistas, 2 policías, 1 recepcionista y 1 visitante- fueron asesinadas por tres radicales que entraron armados con fusiles Kaláshnikov a la redacción donde dispararon a quemarropa. Algunas fuentes presenciales afirman que mientras disparaban ráfagas contra las víctimas, gritaban “Alahu akbar” (“Alá es grande”). Confundir a los radicales con quienes profesan el islamismo es un error tan ridículo como creer que solo empuñando un arma se atenta contra la libertad de expresión.

Última viñeta del director de Hedbo, Charb
Última viñeta del director de Hebdo, Charb

En el año 2006, Charlie Hedbo publicó las famosas caricaturas de Mahoma. En aquel momento comenzaron las amenazas de radicales, los correos y llamadas presionando a la publicación, los atentados contra la redacción -en 2011 fue calcinada tras el impacto de un cóctel molotov-… Además, algunos de los dibujantes asesinados llevaban escolta policial desde entonces. De hecho, por seguridad, en la puerta de la redacción siempre había una patrulla. Han transcurrido 8 años hasta que esas amenazas se han materializado en forma de disparos contra el personal de Hebdo. Fuentes de la redacción reconocían que el miedo inicial se había difuminado en los últimos tiempos. Sin embargo, la amenaza seguía presente. La última viñeta firmada por el director del semanario, Stéphane Charbonnier, Charb, fallecido en el atentado rezaba: “Aún sin atentados en Francia”, afirmación a la que un hombre armado respondía: “¡Un momento! Tenemos hasta finales de enero para presentar sus deseos de año nuevo”

Ha sido el asesinato de estas doce personas en París la que ha despertado del letargo a la ciudadanía. Las muestras de apoyo se multiplicaban en las redes sociales. En Francia, las manifestaciones vespertinas fueron multitudinarias. En muchas ciudades europeas se repitieron las protestas de apoyo frente a las embajadas francesas. Y junto a esa unión en pro de la libertad, una crítica unánime a la barbarie radical. Los medios europeos se han hermanado para mostrar su firme condena al atentado cediendo el protagonismo a las protestas ciudadanas y las caricaturas más polémicas de Charlie Hebdo. El caso español es distinto. A nivel nacional, únicamente La Razón lleva en la portada de hoy una viñeta de la revista y El Periódico una imagen con el lema “Yo soy Charlie” que circuló durante todo el día 7 por las redes. El resto de diarios nacionales llevan en portada la imagen del momento exacto en el que un policía es acribillado por los terroristas. Este hecho recuerda a esa portada que, en plena polémica de las caricaturas, publicó El Jueves y en la que se podía leer: “Íbamos a dibujar a Mahoma… ¡pero nos hemos cagao!”

“Se ha puesto tan serio el mundo que el humor es una profesión de riesgo”, puede leerse en el homenaje en forma de viñeta que el argentino Bernardo Erlich dedica a las víctimas del atentado. Asesinar a unos dibujantes es un sinsentido atroz. La libertad de expresión debe primar en las sociedades democráticas que las bestias radicales de todo culto, patria y moneda no conciben. El asesinato de estas doce personas no es la única barbaridad que se comete contra la libre expresión y el libre ejercicio de la prensa. Charlie Hebdo atraviesa una profunda crisis económica -común a todos los medios de comunicación- por la falta de ingresos. Los terroristas eran, hasta el momento del atentado, solo una más. Despiadada y bárbara, sí. Pero no la única.

La ciudadanía que ahora denuncia el asesinato de estos periodistas debería recordar que hay muchas muertes antes que la material. Los políticos que ahora condenan el acto participan en las presiones que reciben medios y profesionales cada día. Presiones ejercidas por el gobierno de turno, partidos políticos, organizaciones abstractas, religiones, entidades financieras… La sátira y el periodismo son, como decía Erlich profesiones de riesgo en un mundo demasiado serio. Un riesgo que se disuade con el apoyo ciudadano y, evidentemente, con la erradicación de esas coacciones.

Pongamos algunos ejemplos de ausencia de libertad, amenazas y censura: tras la publicación en 2006 del libro ‘Gomorra’, un libro sobre los entramados y el funcionamiento de la mafia, el periodista italiano Roberto Saviano está acompañado en todo momento por policías que salvaguardan su integridad. No hace falta ir a ese extremo: en España, la revista satírica El Jueves ve secuestrada su portada sobre el cheque bebé que el gobierno socialista había aprobado, al realizar una broma con los entonces Prícipes de Asturias en actitud sexual. Esta misma publicación autocensura otra portada sobre la abdicación del rey Juan Carlos. Las televisiones públicas son el paradigma de la manipulación informativa a favor del partido que gobierna en el momento. Los diarios españoles han visto rodar las cabezas, de forma metafórica afortunadamente, de los colaboradores, periodistas y directores más incómodos. En el mundo, cientos de periodistas son asesinados anualmente mientras intentan realizar su trabajo. Piensen en México, en Gaza, en Siria… Reflexionen sobre la censura China al acceso a internet. Mediten cuántas entrevistas concede el presidente del Gobierno, en cuántas ruedas de prensa no se admiten preguntas. Hagan cábalas sobre las fuentes que informan en los conflictos y situaciones de crisis diplomáticas. ¿Es fortuito que nunca, lo que viene siendo jamás, aparezca una mala noticia referente a la principal superficie comercial del país? ¿Cuántos de los medios -nacionales e internacionales- que, tras el atentado, abogan por la libertad de prensa limitan sus publicaciones? Razonen sobre cómo, cuándo y por qué defienden la libertad de expresión, un derecho estrechamente ligado a la libertad de información. No hace falta que el mensajero sea ametrallado para que esté muerto. Ni para que lo maten.

Imagen portada: Disparo en la redacción de Charlie Hebdo. Reuters

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