¡Socorro! por @luzsmellado

No conozco de nada al autor de estas páginas. Y, sin embargo, creo conocerle como si lo hubiera parido. Podría haber sucedido, de hecho. Lo de traer a este chico al mundo, digo. Por edad, podría ser mi hijo. Incluso mi nieto, si nos atenemos estrictamente a las leyes de la biología, superadas felizmente por la ciencia y la lucha sin cuartel ni tregua que nos ha proporcionado a las mujeres las llaves de la maternidad elegida, y tantos otros callos para ir rompiendo muros de cristal y hormigón armado, aunque sea a cabezazos. Pero es que, encima, nos damos un aire de familia. El autor y servidora, recuerdo. Compartimos, aparte de toda la secuencia de ADN que tanto les ha costado desentrañar a los científicos para al final concluir que es tan poco lo que nos diferencia de los monos, al menos un par de genes superdominantes. El de la curiosidad insaciable por todo objeto inanimado y todo bicho viviente. Y el de la incontinencia verbal. Oral y escrita.

Héctor sería, si quisiera, el perfecto testigo de cargo en un juicio. Oye, ve, y luego va el tío y lo cuenta. Con pelos y señales. Nos presenta a sus criaturas con todo lujo de detalles. Nos canta qué dicen, qué piensan, qué sienten. Cómo van peinadas. A qué huelen. Cómo respiran. Y, sí, también qué llevan puesto. Él, como Hillary Clinton, sabe que “el pelo importa”, y que en cualquier relato que se precie, como en la vida misma, no hay datos superfluos, sino ojos y oídos vagos que no se fijan lo suficiente. Héctor, decía, pone a sus heroínas y a sus villanas bajo las lupas de aumento de sus ojos y las disecciona. Las somete a su particular tercer grado para ofrecérnoslas luego tal cual son, o tal como él las imagina, que para el caso es lo mismo. Las desnuda, las escanea, las pone en evidencia. Las delata, sí. Pero también las entiende, las disculpa, las compadece, en el mejor sentido de la palabra. Y, sobre todo, no las juzga.

Uso el femenino porque él mismo dice que, hastiado del patriarcado judeocristiano, bendito sea, ha querido que todas sus protagonistas sean chicas. Mujeres dueñas de sus cuerpos, de sus deseos, de sus vidas. Que toman el mando, aunque sea durante el suspiro que dura una sesión de amor propio, por mal nombre onanismo. Pero también mujeres víctimas de algo, o de alguien, aunque sea de ellas mismas. Esas perdedoras o perdidas en la jungla de la propia existencia, que no somos pocas. Da igual. A través de una sola, Héctor es capaz de tomarnos el pulso a la mayoría. A las pijas, a las chonis, a las mediocres. A las soberbias, a las divinas, a las amargadas. Todas. Y todas unidas, por lo menos, por el carmín rojo que da título al libro, como un grito de rebeldía pintado en la boca. Héctor sabe, insisto, que el pelo importa. Él mismo tiene una imagen poderosa. Unos rasgos marcados y una imposible cresta de gallo como diciéndole al mundo aquí estoy yo porque he llegado. Eso, y su ingenio, su talento y su descaro, me llamaron la atención en el zoo humano de Twitter. Yo era nueva en esa plaza y enseguida me fijé en esa rara avis en esa pajarería de aves raras. Con ese plumaje era imposible no reparar en su trino en medio del guirigay ambiente. Fue él quien me interpeló primero, creo. Yo, a mis décadas, era aún demasiado bisoña para saber siquiera cómo entrarle a perfectos desconocido. Pero él, no. Él nació con el chip puesto y se dirigía a la veterana novata con la naturalidad de un colega de toda la vida. Con todo derecho. Con todo descaro. Con todo respeto. Y eso es bueno.

Héctor es hijo de una generación sin más armarios que los elegidos. Consciente, alguno quizá demasiado, de todas las conquistas que les han sido dadas por sus mayores. La generación que nos va a jubilar a todos. De momento, está en ello. Con toda la vida por delante. Con todos los sentidos alerta. Y con la terquedad de martillo pilón con la que se autoimpuso escribir un relato al día, cada día, con el único fin de demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo. Yo no tengo ninguna duda. Héctor ha llegado para quedarse. Un tipo capaz de hacerse 140 kilómetros al día en tren para aprender a contar las historias que ya cuenta como los ángeles es una apuesta segura. Solo tiene 21 añitos. Hijo de mi vida. ¡Socorro!

Luz Sánchez Mellado, Periodista y escritora. Autora de ‘Estereotipas’

Prólogo incluido en El carmín rojo

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