A la crisis, chapero

Cuando en 2008 estalló la crisis económica y todo el mundo hablaba de los constantes desplomes bursátiles, la quiebra de Lehman Brothers, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria… entre otros dramas que todavía hoy colean, Álvaro tenía 13 años. Era un estudiante de Educación Secundaria y no alcanzaba a imaginar que cuando abandonase sus estudios no correría la misma suerte que muchos de sus amigos, quienes habían encontrado, pocos años antes, un trabajo bien remunerado en la construcción con mucha facilidad. Siete años más tarde, Álvaro se ha convertido en uno más de la generación de veinteañeros que se enfrenta a las escalofriantes cifras de paro juvenil. En 2014, un 51% de los menores de 25 años estaba desocupado según datos del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Álvaro, quien prefiere utilizar un nombre falso para no ser reconocido, asegura que, ante una estampa tan desoladora “hay que sacarse las castañas del fuego como sea”. Hace un año que decidió compaginar trabajos esporádicos con la prostitución. Es una tendencia creciente entre los jóvenes, tal y como avala el estudio publicado en 2010 por la Fundación Triángulo, una organización sin ánimo de lucro que trabaja por alcanzar la igualdad laboral de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. Iván Zaro, coordinador del trabajo de la fundación con los trabajadores sexuales masculinos, asegura que el número de prostitutos españoles se ha triplicado desde el inicio de la crisis.

El caso de Álvaro, coincide con el de Rubén, un joven de 27 años que también utiliza un nombre falso para evitar ser reconocido. Ambos se dedican a la prostitución por necesidad. “No encontraba ningún trabajo y tenía que comer”, comenta Rubén. Según el estudio de la Fundación Triángulo, uno de los pocos existentes sobre los trabajadores masculinos del sexo, esta es una situación frecuente: los trabajadores del sexo entran en el mundo de la prostitución por necesidad, tratando de ejercer durante un periodo corto de tiempo. Sin embargo, Rubén hace más de tres años que empezó a ofrecer sexo a cambio de dinero. Álvaro insiste en que su trabajo como chapero terminará cuando encuentre un trabajo estable con un salario suficiente. Rubén apunta a que algunos universitarios lo hacen “para sacarse un dinero extra, pagarse lujos y caprichos. En algunos casos hasta drogas.”

No es extraño encontrar perfiles de trabajadores del sexo que se anuncian en webs de contactos entre cuyos servicios se incluyen las denominadas “fiestas blancas”, veladas en las que los participantes consumen cocaína como complemento a las relaciones sexuales. El consumo de viagra para mantener o forzar la erección, así como de poppers, un vasodilatador que estimula y facilita el acto sexual es, tal y como reconocen, “muy habitual”.

Sobre el mundo de los trabajadores del sexo existe un profundo oscurantismo producto de la clandestinidad y sigilo con los que se practica. Desde la Fundación Triángulo reconocen que la prostitución masculina está desapareciendo de las calles. El contacto se establece por internet y las relaciones se mantienen en hoteles, domicilios particulares o habitaciones alquiladas por horas. En los círculos sociales de Álvaro, únicamente dos amigos que también se prostituyen conocen esta faceta de su vida. La ausencia de estudios y cifras exactas por parte del Gobierno contrasta con el caso de la prostitución femenina. Según el Ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, la prostitución masculina es un fenómeno marginal en el que, a diferencia del femenino, no se dan casos de violencia. Esta idea la refuerzan desde la oenegé Médicos del Mundo al aseverar que “no hay diferencias de género. No existe una relación de poder. Un chico decide cuándo, cómo y qué hace”.

Sin embargo, en España ya se han dado varios casos de explotación sexual a hombres. El más sonado sucedió en Mallorca el año 2010, cuando la Policía Nacional desarticuló una banda que explotaba a un grupo de 70 hombres brasileños a los que obligaban a prostituirse en locales de Barcelona y Mallorca las 24 horas del día.

“¿Y los clientes?”, preguntamos. “Hay de todo”, confiesa Álvaro, “gente que está sola y necesita compañía, gente que busca pasar un buen rato, divertirse…” Rubén relata por teléfono su sorpresa cuando le contactan hombres que superan los 75 años. Además, cuenta, existe una tendencia que está detectando en sus últimos encuentros: “cada vez encuentro hombres más abiertos. Antes pagaban solo por tener sexo con mujeres. Ahora experimenta y también tienen sexo con hombres.”

El VIH se mantiene como el principal problema al que se enfrentan los trabajadores sexuales masculinos. El Centro Sanitario Sandoval, un referente nacional en el tratamiento de ETS, coincide en las cifras de la Fundación Triángulo: un 18% de los hombres que se prostituyen han dado positivo en la prueba del VIH, frente al 0,8% de las mujeres. En el caso de las personas transexuales, la cifra se dispara hasta rozar el 40 por ciento.

Otro problema es el “efecto cara quemada”, como denominan desde Triángulo al hecho de que los clientes se cansen de un trabajador y acudan a otro. Para evitar insolaciones profesionales, cambian sus localizaciones en la calle con frecuencia. En un oficio en el que, según el estudio de Triángulo, un 22% de los hombres se declara homosexual, un 31 por ciento heterosexual y un 46% bisexual, ser trabajador del sexo para sobrevivir a la crisis puede resultar una tarea ardua. Concha Borrell, presidenta de Aprosex, una asociación que defiende los derechos de las personas trabajadoras del sexo, afirma en EL MUNDO que estas personas “lo hacen porque tienen que ayudar a sus familias y quieren seguir estudiando. Me llaman destrozados, se desahogan conmigo porque no se lo cuentan a nadie.” A la crisis económica, algunos hombres como Rubén deben sumar la crisis sentimental. “Tengo mujer e hijos. Soy heterosexual, por eso me cuesta mucho. Cuando alguien viene a casa, mi mujer se va 5 minutos antes. Esto ha supuesto la crisis para nosotros”, asegura. “Era vender mi cuerpo o un riñón”.

Texto: Andrea Sandoval, Lluch García, Héctor Casero|Imagen: Joan Crisol
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