Transexualidad, condena al desempleo

La vida de Ana cambió cuando sus profesores le dijeron que no podía ir a clase vestida de la forma que ella quería. En aquel momento comprendió que su vida sería más difícil que la del resto de la clase. Ana Cano Moriano nació en Andújar, Jaén, aunque lleva toda su vida viviendo en Valencia y prefiere que la llamen Ana Meluska. Terminó la educación secundaria en los años 80, lo hizo como mariquita, según ella misma reconoce, “por lo que me decían en el colegio, no es una etiqueta que yo eligiese.” A pesar de los insultos de sus compañeros, las dudas que la acompañaron durante su adolescencia no eran sobre su orientación, sino sobre su identidad sexual. “A los 17 años me dije: sé lo que soy, soy mujer, soy una mujer transexual.”

Ante la imposibilidad de continuar sus estudios de Bachiller por las trabas del profesorado, se plantó en una oficina del INEM en busca de algún trabajo. “Lo primero que me dijo el funcionario al verme fue que si quería encontrar trabajo, tenía que quitarme el esmalte de las uñas y cortarme el pelo. Nunca más volví.” Ana contactó con otras mujeres transexuales, “comprendí que la única salida que teníamos era la prostitución o el espectáculo”. Inició su trayectoria en el ámbito laboral como trabajadora sexual, “porque me profesionalicé.” Reconoce que “hay mujeres que la ejercen contra su voluntad, por necesidad, es una consecuencia de la pobreza que vivimos las mujeres”. Se postula contra la trata pero afirma que la explotación “también existe en el servicio doméstico y en la gente que hace algo que no les gusta.”

Durante 15 años fue trabajadora sexual, hasta que en el año 2000 unos análisis confirmaron sus sospechas: Ana es VIH positiva. Decidió reciclarse, abandonó la prostitución y buscó un nuevo trabajo, realizó algunos cursillos ofertados por el SERVEF -la agencia de empleo de la Generalitat Valenciana-, pero no tuvo demasiado éxito. La falta de preparación académica lo complicaba todo. “No tengo estudios porque no me dejaron terminarlos, pero por lo menos soy feliz al haber vivido fuera de un armario”. Actualmente, Ana ejerce de mediadora en una organización que trabaja por la reinserción laboral de trabajadoras sexuales.

La historia de Ana es un paradigma entre una generación de mujeres transexuales que han hecho frente a la discriminación laboral por su identidad sexual. “Las mujeres siempre vamos detrás de los hombres y, sobre todo, las transexuales, no te cuento ya las transexuales inmigrantes…” Al terminar el tránsito hacia el sexo de destino, las mujeres encuentran muchos más obstáculos que los hombres transexuales. “Los hombres transexuales (explica Ana) suben un escalón a nivel social, mientras que las mujeres lo bajamos. Vivimos en una sociedad patriarcal que no entiende que siendo hombre al nacer, con los privilegios que eso implica, quieras transitar y ser una mujer.”

Hugo, un hombre transexual de 28 años que prefiere utilizar un nombre falso para este reportaje, confirma la afirmación de Ana. “Las mujeres transexuales lo tienen más jodido. Nosotros nos invisibilizamos, el cambio no se nota, pero a muchas de ellas sí y eso todavía provoca conflictos.” Hugo ha trabajado en la hostelería y en un rent-a-car, donde su jefa le asignó un puesto cara al público porque trabajaba muy bien aunque, reconoce, a él le daba mucha vergüenza. Ahora prepara unas oposiciones a Policía Nacional donde no hay ninguna exclusión médica.

Ana explica que un estudio del año 2010 reflejaba que el 70% de mujeres transexuales no había accedido al mercado laboral. Frente a la masificación y regularidad de datos que recogen los niveles de desempleo general, encontrar datos sobre paro entre personas transexuales es complicado por la falta de estudios específicos. Tenemos que remontarnos al estudio encargado en 2011 por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) a la Universidad de Málaga, que coordinó Juan Manuel Domínguez Fuentes, para encontrar cifras concretas.

El mencionado estudio refleja como uno de los principales motivos de discriminación la patologización a la que está sometida la transexualidad. La quinta edición del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, por sus siglas en inglés), libro de referencia para la psiquiatría y psicología internacional que edita la Asociación Americana de Psiquiatría, incluye como “disforia de género” la transexualidad.

Aunque entre la cuarta edición y la vigente, publicada en 2013, se cambió el término de “trastorno de identidad de género” a “disforia”, no se trata de una modificación despatologizadora, sino de un mero cambio léxico. La patologización terminará, aseguran desde organizaciones LGTB, cuando la transexualidad no se incluya en el DSM, ni en la lista de trastornos mentales de la Organización Mundial de la Salud. La Ley de Identidad de Género española aprobada en 2007 por el gobierno socialista también exige el certificado de “disforia de género” firmado por profesionales de la medicina psiquiátrica para poder realizar un cambio de nombre.

Las cifras del estudio de la Universidad de Málaga esbozan la situación de discriminación que sufren las personas transexuales. Un 35% de las personas encuestadas señaló estar en paro, siendo este el porcentaje más alto. Entre quienes están desempleadas, uno 40% afirma que se debe al hecho de ser transexual.

El informe La homofobia y la discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género en los Estados miembros de la UE, realizado por la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo en el año 2009, indica que un 35% de la población activa LGTB ha vivido situaciones de acoso laboral. En las personas transexuales la cifra asciende hasta el 55%.

El monográfico de la Universidad de Málaga recoge que 6 de cada 10 personas no visibilizaron su transexualidad durante el periodo formativo, frente al 40% que sí lo hizo y tuvo conflictos. La discriminación laboral tiene efectos directos y cortoplacistas sobre los niveles de ingresos de las personas transexuales. Un 20% de las encuestadas tiene unos ingresos mensuales de entre 300 y 600 euros, siendo este el grupo más numeroso. De las personas encuestadas que reconocieron ser víctimas de acoso, casi la totalidad eran mujeres.

Frente a la discriminación, la patologización y el acoso, el activismo resulta la única defensa posible. Casi la mitad de encuestadas pertenece a alguna asociación LGTB de forma activa, mientras la otra mitad asegura participar de forma más esporádica.

Ana Meluska quería formarse como psicóloga y no pudo. Casi 40 años más tarde, la discriminación en el ámbito educativo a las personas transexuales pervive en un país con uno de los índices de aceptación de las personas LGTB más altos del mundo. Según el estudio de la universidad andaluza, la media de edad a la que las personas transexuales toman consciencia de su identidad sexual se sitúa en los 10 años, aunque lo hacen público cuando alcanzan la mayoría de edad. Tal vez buscando una seguridad que no encuentran en colegios ni institutos, una discriminación que no disminuye en el ámbito laboral y que tiene especial afección en las mujeres transexuales.

La Ley de Identidad de Género del gobierno socialista es, según critican desde las organizaciones LGTB, insuficiente. “La Constitución dice que todos tenemos los mismos Derechos, pero es mentira”, afirma  contundente Ana, “el único derecho que tenemos las personas transexuales es cambiar nuestro sexo en el DNI y cuando tenemos la mayoría de edad.”

El trabajo en el ámbito educativo puede ser la semilla de la solución, aunque tal vez solo sea posible a través de una legislación que lo exija. Un desarrollo de la identidad sexual durante la infancia y adolescencia libre de discriminación y acoso, que permita a los menores transexuales formarse libremente, resulta básico para evitar que se repitan historias como la de Ana y otras tantas transexuales que no han podido formarse. Personas que, de lo contrario, en un futuro no podrán prosperar laboralmente.

Texto: Andrea Puchades y Héctor Casero|Imagen: Ana Meluska en una campaña contra la discriminación de las personas seropositivas.

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