Sobre silencios asesinos

Durante los primeros años del VIH, aquellos años duros y mortíferos de la enfermedad en los que las personas infectadas desarrollaban el sida sin que ningún medicamento pudiese remediarlo, el presidente de los EEUU, Ronald Reagan, guardaba un silencio sepulcral sobre la enfermedad. Aunque miles de personas fallecían cada año y la principal vía de contención era, entonces y hoy, el sexo seguro, el presidente pasó seis años sin pronunciar la palabra sida. Hasta que fue inevitable enfrentarse a la realidad. A la masacre. A las cifras.

Hasta entonces, cientos de miles de activistas LGTB marchaban periódicamente por las calles estadounidenses reclamando la atención del Gobierno para desarrollar métodos de actuación correctos -entonces la enfermedad se trataba con los trajes de protección que actualmente se utilizan contra el ébola-, investigación médica, campañas gubernamentales de concienciación y conocimiento… Desesperados por los oídos sordos de Reagan, algunos enfermos de sida idearon los conocidos como “funerales políticos” que consistían en pasear los ataúdes por las calles de Washington hasta el Capitolio o arrojar las cenizas en el jardín de la Casa Blanca (Ashes Action). El silencio de Reagan, ocultaba la enfermedad. El silencio de Reagan era igual de asesino que la enfermedad.

Hasta hoy, 6 de agosto, 23 mujeres han sido asesinadas por sus parejas en lo que llevamos de año. Mariano Rajoy no se ha pronunciado sobre las muertes. El Gobierno calla sobre el terrorismo machista. Y su silencio, como el de Reagan, es cómplice de cada asesinato. Piensen qué pasaría si las asesinas fuesen mujeres, si quienes matan fuesen musulmanes o si las víctimas fuésemos hombres. O políticos. ¿Se imaginan este silencio?

Hay más ruido en torno a las denuncias falsas que sobre los asesinatos. Tal y como recoge eldiario.es, la  Memoria de la Fiscalía General del Estado “resume los casos abiertos por posibles denuncias falsas en los últimos cinco años (2009-2013), y suponiendo que todos terminen en condena representarían un 0’010% del total de denuncias.” Por tanto, piénsenlo mejor antes de volver a utilizar el argumento de la mujer perversa que utiliza la violencia de género como ataque contra el hombre. Recuerden que cuando recurren a ese argumento le hacen la cama a los asesinos de mujeres, les dan poder en detrimento de las mujeres que intentan defenderse. Y de las que tratan de ocupar espacios que, tradicionalmente, los hemos ocupado nosotros. La igualdad no es solo que las mujeres puedan alcanzar nuestro nivel, también es que nosotros perdamos los privilegios que ostentamos como hombres.

La prensa tampoco ayuda mucho. Porque, queridos compañeros/as periodistas, cuando vayáis a titular recordad que cuando a una mujer le prenden fuego tras rociarla con gasolina, la apuñalan o le disparan, no muere. La han matado.

Desde el año 2003 han muerto casi 800 mujeres a manos de sus parejas o exparejas. En los 40 años de existencia de la banda terrorista ETA murieron 829 personas. La reacción, desde luego, no es comparable. Los datos no cuentan a quienes se han suicidado porque no pueden soportar más la situación que viven. Tampoco a los hijos que mueren a manos de sus padres, una de las tácticas que utilizan los asesinos para hacer el máximo daño posible a las mujeres.

Reagan no hablaba del sida, pero la enfermedad continuaba matando. Rajoy no se pronuncia sobre la violencia de género, pero las mujeres siguen siendo asesinadas. Los asesinos tienen un buen aliado en la Moncloa.

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